Ninguna industria es capaz de mantenerse al margen de una pandemia que acumula ya más de 207.860 casos confirmados y desencadena la histeria colectiva. Ni tan siquiera la industria de la moda, que se jacta de poseer una faceta de fantasía y ensoñación, lo es.

Ciertamente, el consumo de productos textiles y cosméticos se ha visto mermado como consecuencia de la inminente tasa de desempleo y la no-etiqueta de primera necesidad. Esto es, el confinamiento obligatorio salvo en situaciones de imperiosa necesidad, descarta totalmente las compras físicas de ropa; a la vez que la disminución de los ingresos y la ocupación acarrea la prevalecencia de bienes de alimentación y aseo sobre los de estética. Entonces, ¿la moda es irrelevante durante la crisis de coronavirus? En absoluto.

La moda vive de la pluralidad y variaciones y, ella, en sí misma, también presenta dicha dualidad. Como diría Alexander McQueen, puede actuar como mecanismo de escapismo o aprisionamiento. En estos momentos, en loa que el escapismo es inabordable y la cruda realidad se yergue involuntariamente ante la población, el aprisionamiento -o lo que es lo mismo, el retrato social- es la única salida. Así pues, la premisa que ahora ocupa a la moda es inmortalizar para la posteridad cómo afectan las condiciones actuales al aspecto físico. Y quizá lo este haciendo mejor que nunca. Dentro de su campo encontramos el elemento más distintivo del COVID-19, la mascarilla.

Asociamos el coronavirus a la careta, un complemento que se ha ganado su título a pulso. Además de estar mucho más presente en los atuendos contemporáneos que un bolso o un brazalete, ha traspasado la línea de lo estrictamente sanitario. Se ha convertido en un ítem de lujo codiciado que, por irónico que suene, incluso encajaría en la reciente tendencia de utilitarismo. Ejemplo de ello son los modelos de Off-White que se agotaron o los copiosos estilismos de las pasadas semanas de la moda que las incorporaban como elemento principal.

«Los desfiles se han revelado como un medio anticuado y obsoleto, incapaz de mantener el ritmo de las nuevas tecnologías.»

Pero la industria de la moda tiene el deber de cuidar tanto el contingente como el contenido y esta crisis ha evidenciado sus formatos. Si bien las prendas que se han fabricado últimamente se encaminan hacía la sostenibilidad, apostando por el residuo cero y la eliminación de la huella de carbono por parte de organizaciones como la Copenhaguen Fashion Week; no se puede decir lo mismo de los eventos en que estas se muestran al público. Ahora, los desfiles se han revelado como un medio anticuado y obsoleto, incapaz de mantener el ritmo de las nuevas tecnologías.

Sobra decir que grandes desfiles como los de Chanel o Gucci han sido cancelados y otros como el de Armani celebrados a puerta cerrada, lo que presiona a las firmas a buscar un escaparate alternativo -al menos temporalmente (aunque no necesariamente). Hace un tiempo, la Stockholm Fashion Week ya fue suspendida para indagar formas más sostenibles, una iniciativa a la que ahora el resto de diseñadores se habrá de sumar forzosamente. Quién sabe si después de esto se reemplazarán los contaminantes viajes en avión de los editores por hologramas caseros o las maniquíes estereotipadas por modelos reales.

Con todo, puede que el coronavirus no sea tan catastrófico para la industria de la moda. Claro está que flaco favor hacen las muertes y problemas de salud. Pero, como apuntan algunos expertos, quizá este sea el ultimátum previo a la verdadera catástrofe: el cambio climático y la discriminación. Pese a la gran ayuda de @yoencasita, hemos comprobado una realidad que la industria de la moda ya sospechaba: el medioambiente y la comprensión mutua son imprescindibles. Mientras tanto, quedémonos en casa.

Inés Beltrán

REDACTORA DE MODA

Proyecto de modelo frustrado por el silencio. Amante de la moda y podría estar un día entero hablando.